24.12.12

Ya se acerca...


Otro año más que se acerca al abismo de su final.
Lleno de recuerdos, de emociones, de tristezas, de alegrías, de penas, de momentos de euforia... He perdido a gente que era importante en mi vida, pero también he conocido personas que ahora ocupan ese lugar. He repartidos pedacitos de mí a todo el mundo, y he recibido otros cuantos de los demás. He sentido cosas que no había experimentado jamás, he sido inundada por sentimientos que atraviesan mi vida cotidiana. Sí, otro año más.
Aún sigo sin entender del todo qué tienen estas fechas, que llenan de amor y cariño a todo el mundo, que dibujan miles de sonrisas en las calles iluminadas, que empalagan de una forma muy dulce el ambiente que se respira, que los abrazos y los besos se vuelvan las mejores muestras de afecto... Supongo que será el espíritu navideño.
Es tiempo de soñar, de pensar en aquellas metas que hemos logrado, y en aquellas que quedaron a mitad del camino, esas que prolongaremos hasta el nuevo año. También es tiempo de mirar atrás y sorprendernos con todo lo que hemos vivido, lo que hemos experimentado, lo que hemos crecido.
Cierto es que habremos tenido que pasar muchas cosas negativas, que habremos tenido que cargar con sufrimiento, pero también me apuesto lo que queráis a que los buenos recuerdos compensan cualquier bache que hayamos tenido que afrontar. Además, pensad que todo lo que pasamos día a día jamás nos hará retroceder, sino avanzar. Nos hará ser más fuertes, mejores personas, más luchadoras, con más energía para salir adelante, con más ganas de lograr aquello que nos propongamos... porque lo mejor es que podemos conseguirlo, pase lo que pase, sea lo que sea.
Hay muchos que piden que el 2013 sea un buen año, porque los anteriores no han sido nada buenos, no quieren repetir algo así. Pues llamadme ilusa, pero yo no cambiaría lo que he vivido. Nunca. A pesar de haber sufrido momentos en los que creía no poder salir del pozo en el que andaba, las sonrisas que se me dibujaban al hablar con personas a las que quiero, el pulso descontrolado del corazón al pensar en otras supera cualquier barrera.
Quiero aprovechar este día, en el que todos estáis llenos de amor y cariño, para enviaros este mensaje de positividad, porque os aseguro que la vida no es tan complicada. La complicamos nosotros, y no tiene por qué ser así. No os amarguéis con lo malo, teniendo tanto bueno al rededor. Mantened esta alegría no sólo ahora, sino todo el año, este que viene, y el próximo, y todos los que quedan por vivir.
Pensad que todo el poder lo tenéis vosotros, confiad en aquello de lo que sois capaces, no olvidéis que sois únicos e irrepetibles, que de verdad valéis vuestro peso en oro, seáis como seáis, porque lo que cada uno de vosotros aporta al mundo no lo aporta nadie más, y no sería el mismo sin esa esencia que cada uno de nosotros le regala.

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7.12.12

Entre los campos de trigo


Los rayos del sol iluminaban el paisaje con calidez, haciéndolo brillar como si de un lugar mágico se tratase. Olía a hierba fresca, y el campo se encontraba poblado de diminutas flores silvestres de todos los colores. Habían decidido tomarse unos días en aquel humilde pueblo para dedicarse un tiempo sólo a ellos.
Él se encontraba tumbado bajo aquel árbol, sonriendo de manera absurda al pensar en ese jugoso tiempo que pasaría con su chica a solas. Fue pensar en eso, y verla a ella aparecer por el caminito de piedra con aquel bonito vestido de color marfil que tanto le gustaba y su sombrero bailando al ritmo del viento. Era preciosa.
Le dedicó su sonrisa más hermosa al llegar a su lado, y él se incorporó un poco para poder acomodarla entre sus brazos. Ella se sentó entre sus piernas y se apoyó en su pecho riéndose.
- Me encanta este sitio, es precioso. Se respira tranquilidad.
- Por eso quería disfrutarlo contigo –dijo él mientras acariciaba la suave piel de sus brazos, produciéndole un escalofrío. – Nos merecíamos un tiempo a solas.
- Lo sé cariño, y lo estaba deseando. A veces se me hace eterno el tiempo que pasamos separados, y no puedo evitar echarte de menos cuando no estás a mi lado. Odio sentirte lejos. 
- Yo también. Ojalá pudiera pasar todo mi tiempo contigo. 
- Bueno, no nos lamentemos –sonrió mientras se giraba un poco hacia él. – Para eso hemos venido ¿no? A disfrutar de este fin de semana. 
- Se me va a hacer súper corto. 
- ¡No pienses en eso! –exclamó ella antes de reírse y rozar sus labios. – Puede que sea corto, pero nos encargaremos de emplearlo bien. 
- ¿Ah sí? ¿Y qué planes tiene mi princesa? –preguntó mientras la rodeaba con los brazos. 
- Pues… lo primero… ¡echar a correr!
Comenzó a reírse al mismo tiempo que se escapaba de sus brazos y echaba a correr por el campo. Él, mientras admiraba aquella vida llena de energía que se movía ante sus ojos, se levantó sonriendo con picardía y comenzó a perseguirla. Le encantaba cuando la escuchaba reír de aquella manera, pues parecía que iluminaba al mundo con aquel dulce sonido. Era tan alegre que sólo podía existir luz en los días que pasaba junto a ella.
Cuando consiguió alcanzarla, ella dejó escapar un grito ahogado y divertido al mismo tiempo en que caían sobre el césped y daban vueltas, y vueltas, hasta que él quedó sobre su cuerpo, su rostro paralelo al suyo, de forma que podía admirar el brillo de sus ojos. 
- Pensé que no me cogerías –rió ella. 
- Sólo lo hacía para darte ventaja, me daba pena verte tan indefensa. 
- ¡Qué mentiroso! –volvió a reír. 
- ¿Me das un beso? 
- No. 
- ¿Por qué no? 
- Porque prefiero que me lo robes, que para eso son sólo tuyos.
Sonrió divertida antes de colocar las manos alrededor se su cuello y besarlo con pasión y sentimiento, a medida que se intensificaba cada segundo que pasaba. Muy lentamente, sus labios bajaron hasta su cuello. Le susurró que le amaba, y su aliento pasó a ser una caricia tan íntima, que el cuerpo de él tembló ante ese deseoso contacto. Ella sonrió antes de volver a besarlo con calma, y rodaron de nuevo.
 Te amo tanto… –susurró él entre suspiros. 
- Yo te amo mucho más.
- Y yo muchísimo más.
Ella sonrió de nuevo y apoyó su cabeza en su pecho para escuchar su respiración. Nunca entendería cómo había llegado a enamorarse de aquella manera, pero era consciente de que su vida jamás sería la misma si lo perdiera. Había llegado a llenarla de tal forma que no imaginaba su ausencia, sentía que a esa hermosa historia de amor le era imposible tener un fin. 
- Ven conmigo, quiero que veas algo –dijo él, apartándola de sus pensamientos y trayéndola de vuelta la realidad, su adorada realidad.
Caminaron de la mano campo a través hasta llegar a un pequeño riachuelo. Había un pequeño camino de piedras en medio, y el agua era completamente cristalina y pura. Ella sonrió al ver aquella hermosa imagen, y se soltó de su mano para situarse justo en medio. Se agachó y mojó sus manos, mientras sentía como la corriente la acariciaba.
Él la contemplaba desde el borde de la orilla, mientras pensaba lo bueno que había sido el destino al cruzar a aquella joven en su camino. Ojalá no fuera tan caprichoso y se portara siempre bien, uniendo el camino de dos personas que, se sabe, están hechas para pasar el resto de su vida la una junto a la otra. Al menos, eso era lo que él soñaba cuando se trataba de ella.
Ésta lo llamó desde su posición con una sonrisa divertida, antes de levantarse, estirar los brazos, y cerrar los ojos mientras inspiraba profundamente aquel aroma a naturaleza. Le encantaba estar en un lugar tan mágico como aquél.
Fue rápida. Desde que su chico se acercó, ella se agachó y lo salpicó completamente, pillándolo desprevenido. Adoraba volverse una niña en aquellas ocasiones, donde se le ponía a tiro una oportunidad de picarlo y jugar con él. Y así fue. Dio pequeños saltitos hasta llegar a la otra orilla y poder echar a correr, pues él ya estaba persiguiéndola y ganando terreno.
Ella reía mientras intentaba escapar, pero se moría de ganas de que la atrapara, así que aminoró el paso justo cuando él la rodeó con los brazos y volvieron a caer en medio de aquel campo de espigas. No importaba que decidieran cometer alguna locura, pues quedaban ocultos a cualquier ojo curioso que no les quisiera dejar demostrarse su amor.
Así, sin más, el comenzó a acariciarla, y ella tembló por dentro, pues sabía que sus manos sobre su vientre eran su perdición. Suspiró y lo besó. Se dejaron llevar. Ella, para vengarse, lo besaba en el cuello antes de morderlo suavemente.
- Oh dios, no puedo cuando haces eso –suspiró él. – Me mata.
- El problema es que me encanta que te mate.
- ¿Segura de eso? –preguntó divertido mientras la acariciaba de nuevo. 
- Cielo… juro que te mataré –rió ella mientras suspiraba. 
- Adelante, me encantaría morir en tus brazos.
- Cariño te amo, no lo olvides nunca –dijo ella en un tierno arrebato mientras lo abrazaba.
- Y yo a ti amor, tampoco lo olvides jamás.
Dieron varias vueltas hasta que él quedó sobre ella de nuevo. Quedaba claro que estaban  hechos el uno para el otro, hasta sus cuerpos parecían encajar a la perfección. Sus labios volvieron a encontrarse, mucho más deseosos que antes, y comenzaron a acelerarse a medida que notaban el deseo y la pasión ardiendo dentro de sus cuerpos, muriéndose de ganas de salir.
Allí, en aquel mágico y cálido lugar, volvieron a dejarse llevar, acompañados por el aroma del viento salvaje y la melodía que surgía cada vez que la luz del sol acariciaba sus cuerpos brillantes, los cuales, se entregaron al amor hasta que éste comenzó a desaparecer tímidamente, permitiendo a las estrellas y la luna ser únicas testigos de ese magnífico instante, convirtiéndolas en las guardianas y las cómplices de un sentimiento tan puro que jamás se podría explicar con palabras.

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19.10.12

Harta de la hipocresía.

Me hacéis mucha gracia, enserio. Mucho que decís que esta sociedad es una mierda, que sólo busca crear perfección donde no la hay, que pone prototipos de personas perfectas y preciosas, de que no hay que hacerle caso a eso, de que hay que ser uno mismo, pero no movéis un dedo para intentar cambiarlo. Y sois los primeros que criticáis luego todo lo que veis, no sois capaces de aceptar los defectos de los demás y aceptar vuestros propios defectos. Y si alguien se quiere, si alguien se valora, andáis diciendo que es una persona que se lo tiene creído, que anda de subido cuando en realidad no es nadie. ¿Me puede explicar alguien de qué coño vais? Sé que estoy escribiendo esto y que el 99% de vosotros lo pasaréis por alto, pero lo haréis por el simple hecho de que sabéis que tengo la razón. No hacéis sino contradeciros constantemente, y vais de hipócritas presumiendo de cosas que ni siquiera poseéis. Por un lado, mostráis ideales de buena gente, que sois tolerantes y lo aceptáis todo, pero en realidad no sois así, ni siquiera la cuarta parte. Criticáis que los demás tienen dos caras cuando vosotros sois exactamente iguales, que parece que sólo os interesa quedar bien delante de los demás y ya está. Pues así no son las cosas, sobre todo porque estáis mostrando una persona que no os define. No os quejéis de falsos cuando vosotros lo sois el doble, ¿estamos? Porque nos hacéis creer una cosa, y luego la realidad es otra. Cuando aprendáis a quereros de verdad, a valoraros, a ser vosotros mismos sin miedo, a tolerar los errores de los demás, a apreciar su efectos y sus virtudes, cuando entendáis de una puñetera vez   lo que significa la palabra RESPETO, entonces ya podéis opinar y decir lo que queráis. Mientras tanto, dejad de decir tonterías sólo para quedar bien. Antes daba gusto leeros a muchos de vosotros, ahora ya empiezo a dudarlo. Y pasad de mí si queréis, pero yo soy sincera, y ya era hora de que alguien lo dijera bien claro y bien alto. Si me queréis dar criticar o ignorar, pos olé, pero con eso me dais aún más la razón.

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2.9.12

Capítulo Siete (Segunda Parte)


¿A la chica equivocada? En aquel momento estaba completamente atacada pensando en el significado de aquellas palabras. No podía referirse a mí. ¿Por qué iban a querer matarme a mí si no había hecho nada? Ni siquiera tenía familia, aquello era completamente absurdo.
- Ahora tendremos que buscarla por todas partes, si no ha salido huyendo ya. ¡Y todo por tu puñetera culpa! Aprende a hacerme caso, que para algo estoy al mando -volvió a gritar.
Entonces comprendí que me estaban buscando a mí. No sabía por qué ni, se me ocurría motivo alguno en aquel instante. Mi cabeza sólo pensaba en echar a correr y huir para ponerme a salvo, pues tenía claro que mi vida corría peligro, y cada segundo que perdiera buscando razones inexistentes me acercaba más al abismo.
Sin poder apartar la mirada de aquel grupo de hombres, comencé a caminar hacia detrás, y mi querida naturaleza quiso traicionarme. Sin darme cuenta, pisé una rama seca, y el sonido se expandió a través del silencio del bosque. Alcé la vista, y vi que el jefe tenía la vista puesta en mi dirección. La había fastidiado.
Me di media vuelta y empecé a correr encabritada, a pesar de que mis pies no hacían otra cosa sino hundirse en la nieve.
Jamás había conocido el significado del miedo hasta aquel momento. Sentía un sudor frío que me recorría la espalda, y mi corazón sufría palpitaciones continuas por culpa del terror que sentía. No hacía sino correr, a pesar de que me dolían las piernas y sentía que el corazón se me iba a salir del pecho. Incluso me escocían los ojos de las ganas de llorar que tenía. Pensaba en Saray y en lo que estaba sucediendo, ¿de verdad era real todo aquello?
Me tropezaba a cada momento por culpa de la nieve, y deseé haberme puesto otro tipo de zapatos. Estaba tan asustada que no podía ni pensar con la cabeza. En ella sólo resonaba la palabra “huir”. Para colmo, escuchaba cómo unos pasos me perseguían, lo que provocaba muchos ataques de histeria dentro de mí. ¿Dónde podía ocultarme? Ni siquiera sabía hacia dónde me dirigía.
Sin darme cuenta, choqué con una piedra y me caí de bruces contra el suelo. Sentía una presencia tan cerca que sólo fui capaz de arrastrarme hasta unos matorrales y ocultarme detrás. Pasaron unos segundos hasta que el hombre que había estado junto a Saray llegó al lugar. Di gracias al hecho de que sus pisadas hubieran cubierto las mías, que la nieve que caía hubiera disimulado mi rastro, y que aquella piedra me hubiera hecho caer, o me habría alcanzado.
Me quedé mirando aquel hombre con atención, intentando averiguar por qué me perseguía. Le echaba unos treinta años. De resto, no me sonaba su rostro. Él miró de un lado a otro antes de volver a echar a correr. Ahí fue cuando estallé y las lágrimas comenzaron a salir. Era una experta en llorar en silencio, de modo que no me preocupaba delatarme a mí misma.
¿Es que no tenía suficiente con ser huérfana? ¿No tenía suficiente con haber pasado tantos años en aquel maldito orfanato con doña Victoria? Se veía que no. Por si fuera poco, también querían matarme.
Sentada en la nieve, comencé a arrastrarme hacia detrás. Fue cuestión de segundos. Una mano me tapó la boca mientras un brazo me cogía por la cintura y me pegaba al cuerpo de su dueño.

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10.8.12

He vuelto a soñarlo...


He vuelto a soñarlo, ya creo que es algo irremediable. Cierro los ojos y veo los tuyos, brillando intensamente cuando me miras. Tu sonrisa se dibuja lentamente en tu rostro antes de posarse sobre mis labios y dejarse llevar en un tierno beso, nadie lo impide.
He vuelto a soñarlo, tu dulce voz acariciando mi oído. Cierro los ojos y tus palabras escalofrían mi piel a través de un susurro irresistible. Mi corazón se desboca y galopa acelerado en mi interior, gritando con fuerza para que jamás se desvanezca.
He vuelto a soñarlo, tus suaves manos acariciando mi piel. Cierro los ojos y mi cuerpo tiembla al sentir tu calor abordándome. Suenan tiernas risas en la soledad de la habitación, ahora llena de un aroma mágico y profundo que nos une.



He vuelto a soñarlo, ya creo que es algo irremediable. Abro los ojos y me lleno de tristeza cuando tu figura desaparece. Se lleva tus ojos, tu voz, tu sonrisa, tus manos. Te desvaneces y yo no puedo hacer nada más que desearte una y otra vez aquí, conmigo.

He vuelto a soñarlo. Sólo ha sido eso… un sueño.


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5.8.12

Respeto... ¿Alguien sabe lo que es eso?

Que alguien, por favor, me explique por qué ya nadie es capaz de respetar a la gente que les rodea. Que alguien me lo explique.
Yo soy la primera en reconocer que alguna vez he criticado a alguien, y más aún si no le tenía demasiado aprecio, pero es que ya os pasáis, de verdad de la buena.
¿De verdad os importa tanto cómo se visten los demás? ¿Cómo se peinan? ¿Cómo hablan? ¿Cómo caminan? ¿La música que escuchan? ¿Lo que hacen en su tiempo libre? La pregunta en realidad debería ser: ¿Qué hay de ti? ¿Te has mirado en un espejo? ¿Valoras lo que tienes? ¿Valoras lo que eres? A lo mejor el problema está en que la respuesta es un NO, y disimulas tu desencanto criticando a las personas que se sienten bien con lo que son y están orgullosas de lo que forma parte de sus vidas.
Deberías pararte un segundo a analizarte y apreciar la diferencia. Se supone que vivimos en un mundo libre, donde todos tenemos el derecho de reflejar lo que somos de la manera que deseamos. Cierto es que llevamos a la exageración determinados perfiles, pero es que eso no debería importarte. Ni a ti ni a nadie. Confórmate con ser tú mismo y salir a la calle cada día sonriendo, sin pensar en las miradas que pueden posarse sobre ti, o en los comentarios que pueden hacernos a las espaldas. No te quejes de las críticas cuando tú aprovechas cualquier diferencia para murmurar y poner el grito en el cielo.
Si pides respeto, ofrece respeto. Aquí nadie es igual a nadie, y eso es lo interesante. Aprende a ver que todos somos un mundo, todos tenemos distintos puntos de vista y distintas formas de ser educados, nos regimos por lo que nos han enseñado y vamos cultivando nuestro interior con el paso de los años, a medida que descubrimos nuestros gustos e intereses, a medida que descubrimos quiénes somos.
Y respeta, eso ante todo. Pregunta primero el motivo de determinadas actitudes y comportamientos, determinadas expresiones y sentimientos. Igual que ellos son desconocidos para ti, lo eres tú para ellos, del mismo modo que tú tienes tus motivos propios para hacer y ser todo lo que forma parte de ti. Párate a pensarlo, porque estoy segura de que todo lo que nos rodea también nos ayuda a crecer.


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22.7.12

Capítulo siete (Primera parte)


Se estableció un silencio incómodo mientras recorríamos las lindes del bosque. Tan sólo era media hora de camino, pero aquella parcela salvaje era tan frondosa que no todos los que se adentraban allí eran capaces de guiarse por el camino correcto. Por eso, la mayoría prefería bordear el orfanato y dirigirse al pueblo por la carretera. Era más fácil, mas todos sabían que a mí me gustaba complicarme la vida. Ya que podía disfrutar un poco de la naturaleza, ¿por qué no iba a aprovecharlo?
Lo más extraño de todo fue que Saray, siendo como era ella, no hubiera puesto pega alguna cuando me vio adentrándome en el bosque. No me gustaba sentir miedo, pero aquella situación empezaba a escalofriarme.
- Parece que te llevas muy bien con Darío -saltó de repente.
- Para algo es mi mejor amigo.
- ¿Estás segura de eso Valery? -preguntó divertida.
- Completamente -bramé, mirándola con dureza.
- Eres tan inocente... que incluso siento lástima hacia ti -se burló mientras yo la adelantaba con mis pasos.
- No me importa lo que pienses de mí, así que ni te molestes en gastar saliva. Es más, no tengo ningún interés en hablar, pues no tengo ninguna gracia estar aquí. Si te acompaño es por obligación, no por agrado, y sé que a ti tampoco te hace gracia. Así que mejor callarnos y lo haremos más llevadero.
Esperé unos segundos a que contestara. Entonces me giré y me llevé la mayor sorpresa de toda mi vida. Saray no estaba. Miré a mi alrededor pero no la encontraba por ningún sitio. Incluso grité su nombre, pero nadie me respondió. Un sudor frío recorrió mi espalda y empecé a ponerme nerviosa. No tenía ni idea de qué era lo que debía hacer. “Debes ponerte a salvo” -gritó mi conciencia. “¿A salvo? ¿Cómo que a salvo?” -pensé aterrada.
Decidí ponerme en camino hacia el orfanato y avisar a doña Victoria de lo que había ocurrido. Seguro me echaría la culpa o me haría responsable, pero esa era la mejor opción. Sin embargo, estaba tan nerviosa que me encontraba desorientada y no sabía por dónde volver.
-Tengo que intentar relajarme -susurré con los ojos cerrados.
Me dispuse a seguir el camino de mis propias pisadas para poder regresar. Iba a hacerlo cuando escuché un fuerte estallido, seguido por un golpe sordo. Mis pies se quedaron tiesos sobre la nieve. Comencé a sentir un miedo extraño, que se adentraba en mí de forma dura y fría como el hielo.
Lo más lógico hubiera sido que saliera corriendo, pero mi instinto dirigió mis pasos hacia el lugar de donde provenía el estruendo. A medida que me acercaba, escuchaba unas voces graves gritando y discutiendo. Me escondí detrás de un grueso árbol y miré. La escena me dejó pálida y sin aliento, y un extraño dolor me recorrió el cuerpo, el dolor del miedo.
Tendida en el suelo, a varios metros de donde yo me encontraba, estaba Saray con los ojos cerrados, y unos cinco hombres la rodeaban. Uno de ellos se encontraba agachado a su lado, mirándola con atención. Cuando se levantó y me fijé en el arma que llevaba en la mano, se me paralizó el corazón mientras comprendía lo que había pasado.
Saray estaba muerta. Pero... ¿por qué? ¿Quiénes eran aquellos hombres? ¿Qué hacían allí? ¿Qué motivos tenían para haber hecho aquello? Ella era sólo una adolescente, no podía haber hecho nada como para sufrir aquel destino. ¿O tal ves sí?
La conversación que se estableció entre aquellos hombres me devolvió al mundo real.
- ¡Idiota! -gritó el del arma a otro de ellos. - ¡Te has cargado a la chica equivocada!

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26.6.12

Capítulo seis


**¡¡Mis amores!! Disculpad la tardanza, pero ya vuelvo a estar disponible y me pondré al día con todos los blogs y con mis historias. Gracias por la paciencia, ¡Os quiero! ♥ **

A la mañana siguiente, cuando la luz del sol dio de lleno en mi rostro, supe que me había pegado la noche entera llorando, pues los ojos me escocían demasiado y los tenía hinchados. Gracias a Dios, Delia ya se había marchado, por lo que no me vería sometida a un interrogatorio desde tan temprano.
Me levanté con parsimonia y me acerqué al armario. Era lunes, vaya forma de empezar la semana. Cogí mi ropa y me dirigí a la ducha. Como se me había hecho tarde, ya había mucho sitio libre, de modo que no tuve que esperar.
El peor momento llegó cuando bajé al aula de lengua y todos los asientos estaban ocupados. Todos... menos dos: junto a Jay y junto a Saray. Estaba muy claro el motivo por el que rehuía a sentarme con el primero, pero estar al lado de Saray, que me odiaba por ser la mejor amiga de Darío y acaparar toda su atención... tampoco me entusiasmaba demasiado.
Aun así, no me atraía la primera idea después de la conversación que había tenido anoche con mi compañero, por lo que me armé de valor y me fui hasta Saray. Ni siquiera nos miramos. La indiferencia era tal que fue casi como estar sola. De todas formas me sentía incómoda, porque aquella compañía iba unida a ciertas miradas recelosas que se posaban sobre mí desde el fondo de la clase.
Las clases de literatura eran oleadas de magia para mí. Me encantaba recrearme en fantasías que, vistas a los ojos del resto del mundo, parecían absurdas. Lo dijo una vez Juan Rulfo, un famoso escritor mexicano: “Ya que no podemos dominar la realidad, mejor aprovecharnos y controlar el mundo de los sueños”. En ese mundo, aún conservaba a mis padres, y los veía claramente diciendo que me querían y que permanecerían junto a mí. En mi mundo, las paredes del orfanato se convertían en un claro cielo azul, y las baldosas astilladas pasaban a ser un frondoso campo cubierto de flores silvestres. En mi mundo siempre salía el sol, y las gotas de rocío de cada mañana refrescaban y daban vida a un hermoso paisaje que despertaba mis sentidos. Lo mejor era que, visto así, aquel mundo era real, y nadie podría negármelo nunca.
- ¡Valery! -me gritó Darío.
- ¿Qué ocurre? -me sobresalté.
- Ya la clase ha terminado -sonrió.
- Vaya, no me había dando cuenta. Estaba...
- … en tu mundo, lo sé -rió. - Venga, vamos.
Salimos de la clase y nos marchamos a la biblioteca. Si había algo que me gustaba del orfanato era que teníamos horas libres entre cada asignatura. De resto, mi estancia allí era deprimente.
Nos situamos al fondo y me desplomé sobre la silla. Estaba cansada después de mi reflexión el día anterior, incluso me dolía la cabeza por aquel bombardeo de ideas. Pensé que podría aprovechar para descansar y relajarme, pero no me esperaba que Darío fuera a tocar aquel tema.
- Anoche Jay y yo estuvimos hablando -susurró.
- No sé porqué me lo esperaba.
- Está bastante apenado.
- Así me quedé yo hace un año cuando abandonó y me dejó sola.
- No por ello tienes que actuar igual. No es cuestión de venganza...
- ¡Claro que no! Se trata de una cuestión mucho más seria Darío, se trata de amor. Yo jamás podría estar con alguien a quien no quiero.
No sé porqué, pero los ojos de Darío brillaron intensamente al decir yo aquello.
- Si eso es cierto, ¿por qué estás tan mal? Se te nota el cansancio en la mirada, y estoy seguro de que lloraste anoche. Te conozco demasiado bien.
- No es lo que piensas Darío.
- Puede que aún lo quieras pero no lo sabes -dijo receloso.
- ¡Te equivocas!
- Y a lo mejor estarías mejor si lo pensaras.
- Darío, ¡basta! ¿A qué viene esta charla ahora? Sabes de sobra lo que siento, no tienes que venir ahora a darme la lata con este tema.
- ¿Y por qué llorabas?
- Olvídalo, no tengo ganas de hablar de esto. Basta ya de machacarme.
- Ah, ¿ahora resulta que te machaco?
- Nunca hemos hablado de Jay, nunca.
- A lo mejor es hoy el día -dijo seriamente.
- Sabes que no me gusta hablar de ello. Sólo quiero olvidar este mal trago, por favor.
- Aun así deberías replanteártelo. Puede que él...
- ¿Vas a seguir? Si nunca le hemos dado importancia al tema no pienso dársela ahora, que lo sepas -dije mientras me levantaba.
- Eso quiere decir que aún sientes algo -dijo con severidad.
- ¿Qué coño te pasa? No pareces tú.
- Me parece que estás siendo injusta y egoísta.
Ni siquiera le respondí, me di la vuelta y me alejé mientras sus duras palabras resonaban en mi cabeza. ¿De verdad era una egoísta por ser sincera con Jay en vez de darle falsas ilusiones?
Iba de camino a mi siguiente clase cuando me encontré a doña Victoria, que venía de frente por el pasillo. Cualquier otra persona hubiera clavado la vista en el suelo para no tener que enfrentarse a su dura mirada, mas yo no lo hice. La miré directamente, para que se diera cuenta de que no iba a temerle, a pesar de sus castigos e injusticias. Estaba dispuesta a pasar de largo, sin embargo, me sorprendió llamándome.
- Valery, andaba buscándote -dijo con su voz severa, capaz de hacer temblar el suelo.
- ¿Qué desea? -pregunté con inocencia.
- Que acompañes a mi sobrina al pueblo esta tarde -señaló hacia Saray.
- Creo que hay personas más adecuadas que yo para hacerle ese favor.
- Puede, pero vas a ser tú quien lo haga, por el simple hecho de que yo lo ordeno.
- No sé si será buena idea.
- Eso no es algo que me preocupe. A las cinco por fuera de mi despacho, y más te vale que no te retrases -contestó rotunda antes de alejarse.
En un acto reflejo, un tanto infantil a mis diecisiete años, me giré hacia ella y levanté el dedo corazón, mientras la miraba con todo el odio del que era capaz. Furiosa, me marché por el pasillo hacia el aula de matemáticas, y por mi mente pasaba la idea de que desafiarla con la mirada había sido una auténtica gilipollez. “Bien por ti Valery, ¡te has lucido” -gritó mi conciencia. “Tampoco es que me arrepienta” -rió mi lado rebelde. Y mi lado romántico, cómo no, opinaba siempre: “será bonito dar un paseo por el bosque nevado”. Sacudí la cabeza y me senté con Delia para atender a la clase.
Ni siquiera bajé a comer, no tenía ganas de ver a Darío, y mucho menos a Jay. Además, estaba disgustada por la vuelta que iba a dar en la tarde con Saray. Era la primera vez que iba al pueblo sin compañía de un supervisor, y un mal presentimiento recorría mis venas. ¿Qué era lo que tramaba doña Victoria? Y encima con su sobrina, sabiendo que no nos llevábamos bien.
Tumbada en la cama, se me hizo la hora. Hacía frío, así que cambié la rebeca por una sudadera roja, me puse las converse del mismo color, y el gorro y los guantes negros, a juego con mis vaqueros.
Bajé al despacho de doña Victoria, que ya me esperaba en la puerta junto a su querida sobrina. Esta última me miró con una sonrisa y pensé que me lo estaba imaginando todo para hacerlo más llevadero.
- Espero que disfrutéis del paseo -dijo, con una expresión inescrutable.
- Seguro que sí -sonrió Saray.
- Y espero que no cometáis ninguna locura, no me gustan nada las tonterías -dijo, mirándome de reojo.
- Sí señora -susurramos.
Ella entró en si despacho con una sonrisa satisfactoria al ver el efecto de su poder sobre nosotras. Nos marchamos en silencio, cruzamos la puerta, y nos adentramos en el bosque. La idea de salir huyendo se me antojaba irresistible, pero sabía que me la cargaría si lo intentaba siquiera. ¿Es que aquello era una especie de prueba?
De haber sabido lo que iba a pasar en un par de minutos, habría echado a correr sin pensármelo dos veces.

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8.6.12

Tranquilo, yo tampoco lo entiendo.

Esa maldita sensación de que todo a tu alrededor se desmorona. Esa sensación.
Miro a mi alrededor y noto el vacío, la soledad, a pesar de que miles de personas caminan de un lado para otro cerca de donde estoy. No lo entiendo, pero tampoco quiero molestarme en comprenderlo. Sólo sé que ya no siento. Sólo sé que no sé nada.
Un día pasa. Pasa que estoy de pie en algún sitio y no quiero ser ninguno de los que están a mi alrededor. Ni siquiera quiero ser yo misma, porque ya no me siento conforme con nada. Ese sentimiento de encontrarme fuera de lugar me invade, y no tengo la cura para remediarlo.
¿Por qué? ¿Acaso la vida no puede dejarme tomar un respiro? ¿Acaso no puede tener un poco de piedad unos instantes y dejarme tranquila?
Sigo sin entender por qué me cuesta tanto quererme a mí misma, por qué no soy capaz de explotar lo que llevo dentro y sacarlo a flote sin miedo, sin tener que dejarme llevar por estos absurdos complejos. No quiero dejarme llevar por el resto de las opiniones, por las miradas absurdas, por los murmullos que se ocultan tras mi espalda. Ya no quiero nada. Pero lo quiero todo.
Es un sin sentido, un camino sin salida, un embrujado laberinto que no lleva a ninguna parte. Estoy perdiendo el tiempo, y no sé qué hacer con mi vida. Voy a ciegas, sin rumbo cierto, esperando a que alguien me encuentre, porque yo no soy capaz de hacerlo.
Tranquilo, yo tampoco lo entiendo.

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26.4.12

Mirándote a los ojos


Hay personas que, con sólo una mirada, lo saben todo de ti. Mirándote a los ojos, entienden cuáles son tus debilidades, cuáles son tus miedos, tus dudas.
Mirándote a los ojos, saben lo que necesitas, lo que te gusta, lo que quieres, lo que deseas.
Mirándote a los ojos saben cómo hacerte sonreír, cómo hacerte volar, cómo hacerte sentir libre.
Mirándote a los ojos te lo dicen todo, no hace falta mediar palabra alguna.
Sabes de lo que te hablo ¿verdad? Porque hay personas en tu vida que, con sólo mirarte a los ojos, te hacen sentir todo eso y más. Esas personas son ls importantes, las que te conocen y te valoran de verdad, las que vale la pena conservar eternamente, porque jamás te fallarán. No importa lo que pase, esa llama no desaparecerá.
Al fin y al cabo... basta con que te miren a los ojos.



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11.4.12

Capítulo cinco

**Mis queridos seguidores, como novedad, he decidido poner este capítulo entero para no haceros esperar tanto. Pero también reconozco que me estoy replanteando el hecho de subir más. Ya me han intentado plagiar la historia dos veces, y la verdad es que temo seguir subiendo y que alguien me la robe. Así que, como tampoco quiero dejaros con la miel en la boca como agradecimiento a lo fieles y buenos que sois conmigo, regresaré a mis antiguas reflexiones, y os dejaré cachitos de la novela de vez en cuando por aquí (en tal caso de que no vaya a subir más). Por otro lado, estoy a punto de acabar segundo de bachillerato y tengo a los estudios cogiéndome por el cuello, de modo que no tendré tiempo de ponerme a escribir. Gracias por vuestra paciencia conmigo, que sepáis que os adoro con locura y vuestros comentarios y opiniones son los que me animan a seguir. OS QUIERO ♥ **

Era tarde. El frío invernal era el causante de que los pasillos estuvieran desiertos. Lo más probable era que ya cada uno estuviera intentando entrar en calor bajo las cálidas sábanas de su cama.
Yo me retrasé por ir a buscar un libro a la biblioteca. No podía conciliar el sueño sin leer un poco antes. Iba por las escaleras centrales cuando escuché unos pasos detrás de mí. Me giré deprisa y me encontré con Jay.
- Vaya, hola.
- Hola -susurré.
Se produjo un incómodo silencio, el cual, no me molesté en romper. Iba a caminar cuando las palabras de Jay me detuvieron.
- Orgullo y prejuicio.
- Sí... -murmuré mientras miraba el libro que acababa de nombrar.
- ¿Vas a leerlo de nuevo?
- Bueno, sí. No me canso de leerlo, es...
- … Es tu favorito, lo sé -sonrió, y dio un paso hacia mí.
- Es un poco antiguo pero sí, no puedo evitar que me encante.
- Y te identifica también.
- ¿Por qué lo dices?
- Por la manera en que me miras siempre.
Sus palabras me bloquearon. Mis pies parecieron volverse de plomo y tuve la sensación de que mi cuerpo se congelaba. No podía mover ningún músculo, ni siquiera era capaz de parpadear.
- ¿La manera en que te miro? -reí.
- Sí, como si estuvieras avergonzada de algo.
- Eso me parece un tanto ridículo Jay.
- Sin embargo, sabes que estoy en lo cierto. Sabes que verme sonreír siempre, como si no hubiera ocurrido nada, te desespera.
- Dime una cosa. ¿Lo haces adrede? ¿No tienes otra cosa que hacer en tu tiempo libre?
- Es que me duele tu actitud indiferente -dijo mirándome directamente a los ojos. - Valery... hay muchas cosas de las que me arrepiento y, en especial, haber acabado con algunas que, ahora, echo de menos.
En aquel momento tenía mucho miedo, pues imaginaba las palabras que iba a pronunciar. Esa vez era yo la que no quería hacerle daño.

Un año antes, aproximadamente.
- Las cosas van de mal en peor Valery, estoy harto de tantas discusiones -me dijo Jay.
- ¿Discusiones? Si confiaras más en mí y no fueras tan celoso, esto no estaría sucediendo. Sabes que Darío es mi mejor amigo, que a quien yo quiero es a ti. ¿De verdad lo dudas? -susurré llorando.
- Hay cosas que me superan Valery.
- Pero sabes que no tendría por qué ser así.
- Valery... no quiero hacerte daño ni quiero que sufras. Mereces algo mejor que esto.
- Jay, por favor, por favor.
- No quiero continuar, no puedo.
- Jay...
- De verdad que lo siento.
Y con los ojos rallados, dio media vuelta y se marchó por el pasillo.
Ahora estaba allí, mirándome inquisitivamente, y no sabía qué decir. Es más, prefería no decir nada y que aquella situación llegara a su fin.
- Debo irme -susurré.
- Aún hay mucho de lo que hablar.
- Eso no es cierto, no hay nada que decir. Además, es tarde, y con la manía que me tiene doña Victoria, no tardará en meterse conmigo.
- Sabes lo que quiero decirte ¿verdad? Por eso quieres irte, porque tienes miedo.
- ¿Quieres que te diga lo que me da miedo? Que pronuncies esas palabras y luego pongas la misma cara que yo hace un año cuando oigas mi respuesta.
De todas maneras, puso esa cara al entender mis palabras. No me gustaba hacer daño a nadie, pero me refugiaba en el pensamiento de que no era a conciencia.
Jay se limitó a acercarse a mí, quedando a pocos metros de mi rostro. Me dolía que me mirara con aquellos ojos, pero mi interior se negaba a sentirse culpable cuando no me correspondía.
- ¿Estás segura de eso?
- Completamente -afirmé.
- No me lo creo -susurró mientras volvía a acercarse.
- Jay, enserio, no quiero hacerte daño.
- No lo harás.
Puso sus manos suavemente sobre mi cintura y clavó sus ojos verdes en los míos de una manera muy intensa. Por un momento, todos aquellos recuerdos vinieran a mi mente: las risas, las bromas, las peleas tontas que acababan en un beso, la primera vez...
Cerré los ojos mientras notaba su aliento cada vez más cerca. Empecé a sentirme confundida pensando en lo bien que estaría recuperar todo aquello, lo reconfortante que sería si lo contrastaba con los malos momentos que doña Victoria me hacía pasar. Pero no podía. No era capaz de regalarle esperanzas a alguien si no había amor.
- No te acerques más Jay, no quiero que lo pases mal -dije apartándome.
- Valery...
- Lo siento.
Tras susurrar esas últimas palabras, Jay se alejó de mí, y yo aproveché para marcharme hacia mi habitación.
Delia ya estaba durmiendo, y yo me senté en el descansillo de la ventana para aprovechar la luz de la luna. Sin embargo, no podía concentrarme. Leí repetidas veces la primera frase, pero ni siquiera mi libro favorito me ayudaba a olvidar.
La mirada perdida de Jay se reflejaba una y otra vez en mi cabeza, mientras me preguntaba a mí misma si había hecho lo correcto. Pero estaba segura de que sí. No podía ser egoísta y pensar en aquello que me apetecía. Además, iba en contra de mis ideales, pues no era capaz de aceptar la entrega de un amor sincero que no era correspondido por mi parte.
Aburrida de que mis comederas de coco me abrumaran, cerré el libro y me metí en la cama. Sin motivo alguno, una tímida lágrima recorrió mi mejilla, por lo que cerré los ojos con fuerza y abracé la almohada en un intento por no llorar. Fue en vano. Me sentía oprimida por una inmensa soledad que no podía obviar. Y aquel vacío no podía llenarlo nadie. Estaba completamente sola.

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23.3.12

Capítulo cuatro (Segunda parte)

- Venga, no nos pongamos sentimentales anda -sonrió, pero por su abrazo supe que ya era demasiado tarde para los dos.
- Llevas aquí un año y medio más del que deberías, y cuando cumpla los dieciocho esperaré por ti. ¡Para eso me hubieras esperado tú! -me reí.
- No quería que estuvieras sola.
- Pero sólo hubieran sido cinco meses, yo tendré que esperarte siete.
- Valery...
- ¿Qué pasa?
- Siempre tratamos este tema con risas pero nunca hablamos enserio. Tú... ¿de verdad me esperarías?
- Me sorprende que lo dudes Darío. Eres mi mejor amigo, lo único que tengo. ¿Por qué iba a irme sin ti?
- Pues no sé -sonrió. - Puede que conozcas a alguien de quien te enamores y no estaremos juntos.
- Yo no te dejaría ni así -me reí. - Además, eso también puedo aplicártelo a ti.
- Ya bueno... pero no sé. Era por poner el ejemplo.
Sonreímos los dos al mismo tiempo que se abría la puerta y aparecía doña Victoria. Nos miró enfadada al ver nuestras miradas sonrientes pero no quiso hacerlo notar demasiado.
- Ha terminado el castigo. Podéis salir.
Ambos nos miramos sorprendidos y le dimos las gracias en un susurro al pasar por su lado. Casi salimos corriendo por miedo a que se arrepintiera de habernos dejado escapar de su prisión unas horas antes.
Fuimos directamente al comedor para cenar con los demás. Allí estaban todos, desde Delia... hasta Jay, el amigo de Darío, un chico que me llegó a calar tan hondo como nunca pude imaginar.
Fue la primera vez que me enamoré de verdad y, al mismo tiempo, fui correspondida. Días en los que fui feliz de verdad en aquel orfanato, días en los que aquellas huidas furtivas para encontrarnos en las noches se convirtieron en lo más excitante de mi vida. Sólo hasta que un dulce beso me permitió probar el tacto y sabor de su piel, y el aroma que desprendía su cuerpo.
Luego, mi amistad con Darío fue intensificándose, y los celos y las dudas llevaron a pique tal bonita historia.
Ya había pasado un año entero, pero a mí seguía dándome vergüenza mirarlo a los ojos, seguía cortándome si me tocaba compartir mesa con él o hacer alguna tarea juntos. Y me incomodaba la idea de que él sí pudiera tomárselo tan a la ligera. Por eso trataba de evitarlo siempre que podía, exceptuando días como aquel.
- ¿Nos sentamos allí? -preguntó Darío.
- No sé...
- Venga vamos, está Delia también.
No quería acceder, pero cuando vi a doña Victoria entrando por la puerta, mis temores me llevaron hasta la mesa sin pensarlo.
- Hola chicos -sonrió Darío.
- Hola colega -rió Jay antes de mirarme, yo sólo asentí con la cabeza. - ¿Dónde andabas?
- En la habitación de la tortura con Valery. Estábamos castigados -dijo Darío con firmeza después de unos segundos al observar las caras de los demás.
- Ah, vale.
Pero todos sabíamos que aquellas palabras no iban precisamente por el castigo, pues no todas las mentes se atreven a pensar con inocencia ante palabras que puedan ofrecernos algún juego.

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25.1.12

Capítulo cuatro (Primera parte)

- Como lo sigas devorando así te quedarás sin aire -rió Darío.
- Vaya, lo siento -dije avergonzada. - Es que me moría de hambre.
- Lo sé, lo sé -sonrió. - Era una broma.
- Llevo tanto tiempo aquí que ni sé la hora que es.
- Deben ser las cinco y algo. Cogí eso de la cocina un rato después de almorzar. Luego fue cuando me cargué la ventana.
- Aún no me has contado qué hiciste -me reí.
- Estaba jugando al fútbol con los críos y el balón se me escapó hacia la ventana. Te puedo prometer que no fue adrede -dijo riéndose.
- Me encanta tu delicadeza -sonreí.
- Lo sé.
Me guiñó un ojo y se puso a rebuscar en sus bolsillos. A los pocos segundos, sacó un cigarrillo y se lo encendió, casi con desesperación. Yo lo miré con los ojos muy abiertos.
- ¿Qué haces? -pregunté.
- Fumar un poco. La verdad es que lo necesito.
- ¿Me das una calada?
- Olvídalo Valery, sabes lo que pienso de que fumes.
- Sí tú puedes hacerlo, yo también puedo si quiero.
- Me da igual. Esto está mal Valery, no quiero que caigas en lo mismo que yo.
- Darío... no me convences. Además, sabes que no caeré.
Me miró con aquellos profundos ojos castaños y me permitió que le robara el cigarro de las manos. Me lo llevé a los labios y le di una calada profunda para desahogarme.
Yo no fumaba, la verdad es que no era algo que me aficionara demasiado. Sin embargo no me negaba a probar, y menos cuando miraba la expresión de Darío al echarse un cigarrillo con toda la calma del mundo.
No hice sino separarlo de mis labios y Darío me lo arrebató sin dudarlo. Sin embargo, la mirada que le dirigí fue de ternura, pues me hacía sonreír el hecho de que me protegiera tanto. Cabe decir que él ya no tenía por qué estar allí, sólo lo había hecho para hacerme compañía.
Cuando Darío cumplió los dieciocho años en Agosto, doña Victoria le dio la opción de marcharse, pues al alcanzar la mayoría de edad, era libre de elegir irse. Sin embargo, él decidió quedarse en aquel maldito orfanato por mí, sabiendo que la regla de doña Victoria no le permitiría abandonar aquel lugar antes de cumplir los diecinueve. Doña Victoria daba asilo por años, no por meses, y si te intentabas escapar o te marchabas, estarías en deuda con ella toda la vida. Por experiencia propia, no era bueno tener a una mujer como aquella en contra.
- Darío, ¿por qué no te marchaste? -pregunté mirado al suelo.
- Valery, no voy a hablar del tema otra vez.
- Tenías la oportunidad de librarte de este sitio y la dejaste escapar.
- ¿Y a dónde iría? No tengo a nadie ahí fuera, nadie con quien compartir mis cosas, nadie que me conozca. Sólo estás tú -susurró.
- No te abandonaré nunca, tú también eres lo único que tengo -dije, apoyando mi cabeza en su hombro.

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7.1.12

Capítulo tres (Segunda parte)

Abrió la puerta de aquella monstruosa habitación y me empujó con tanta fuerza que caí de rodillas. Al levantarme y ver a doña Victoria en el umbral de la puerta me extrañé. Me esperaba recibir el castigo de siempre, así que verla con aquella actitud me confundía.
- Sé lo que piensas, y te aseguro que estoy tentada de darte tu merecido, pero no vale la pena que malgaste mis fuerzas.
- No entiendo qué hago aquí entonces.
- Te quedarás aquí encerrada durante todo el día, a ver si así aprendes mejor la lección. Ni comida ni bebida.
Sabía que quería que me quejara, pues así le daría el gusto de sentirse conforme con el castigo. Ese fue el motivo que me hizo guardar silencio. Doña Victoria, furiosa, estampó la puerta y se alejó con paso firme por el pasillo.
Yo me senté pegada a la pared y suspiré. Debía tener mucha paciencia para poder pasar con calma aquel día tan largo. El vaho de color blanco se extendió ante mis ojos y lamenté no haberme puesto algo más abrigado aquella mañana.
Fuera escuchaba los gritos alegres de los más pequeños del orfanato, y supe que doña Victoria había querido vengarse de mi actitud indiferente. Y lo había conseguido, pues verme allí dentro privada de algo que me gustaba era una cosa que me comía por dentro.
Los minutos se me iban pasando lentos, demasiado lentos, por lo que ese maldito sentimiento que era el remordimiento comenzaba a pasearse por mi mente, orgulloso de aflorar por fin en mí. Pero mi querido orgullo era más fuerte, por lo que jamás sería capaz de reconocer que me arrepentía de haber contestado a doña Victoria por la mañana.
Perdí la noción del tiempo, y no pensaba en otra cosa sino que el día llegara a su fin. Por eso me sobresalté tanto cuando la puerta se abrió de repente. Alcé el rostro y me encontré con la severa mirada de doña Victoria. Lo que me sorprendió fue ver a Darío a su lado, mirándome con cierta expresión divertida.
- Mira por dónde has tenido suerte, te traigo un acompañante. Ha roto el cristal del vestíbulo con sus gracias absurdas -escupió mientras empujaba a Darío. - Como siga esta rebeldía me veré obligada a tomar medidas más severas, que os quede claro.
Una última mirada y se marchó de nuevo. Yo sonreí y me levanté corriendo para abrazar a Darío. Casi salté a sus brazos.
- Juro que te mataré como lo hayas hecho adrede -me reí.
- ¡Venga ya! Ese vestíbulo necesitaba una ventana nueva, ya ni se veía el exterior aunque te pegaras todo el día dando brillo.
- Ahora te pasarás todo el día aquí estúpido.
- Tengo buena compañía, no me quejaré -sonrió despreocupado mientras se sentaba pegado a la pared. - Además, no me critiques tanto o no te daré lo que te he traído.
- Vale, creo que puedo hacer el esfuerzo -dije antes de arrodillarme ante él.
Metió las manos en el bolsillo de su chaqueta y me sacó medio bocadillo envuelto en papel plástico. Mi sonrisa aumentó cuando desenvolvió otro papel de aluminio, y me enseñó media tableta de chocolate.
- Oh dios, ¡eres increíble! -grité mientras lo abrazaba.
- Supuse que tendrías hambre. Pero baja la voz o doña Victoria volverá. Se supone que estamos castigados.
Reí suavemente antes de sentarme bien a su lado y abrir el bocadillo mientras de me hacía la boca agua.

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