23.3.12

Capítulo cuatro (Segunda parte)

- Venga, no nos pongamos sentimentales anda -sonrió, pero por su abrazo supe que ya era demasiado tarde para los dos.
- Llevas aquí un año y medio más del que deberías, y cuando cumpla los dieciocho esperaré por ti. ¡Para eso me hubieras esperado tú! -me reí.
- No quería que estuvieras sola.
- Pero sólo hubieran sido cinco meses, yo tendré que esperarte siete.
- Valery...
- ¿Qué pasa?
- Siempre tratamos este tema con risas pero nunca hablamos enserio. Tú... ¿de verdad me esperarías?
- Me sorprende que lo dudes Darío. Eres mi mejor amigo, lo único que tengo. ¿Por qué iba a irme sin ti?
- Pues no sé -sonrió. - Puede que conozcas a alguien de quien te enamores y no estaremos juntos.
- Yo no te dejaría ni así -me reí. - Además, eso también puedo aplicártelo a ti.
- Ya bueno... pero no sé. Era por poner el ejemplo.
Sonreímos los dos al mismo tiempo que se abría la puerta y aparecía doña Victoria. Nos miró enfadada al ver nuestras miradas sonrientes pero no quiso hacerlo notar demasiado.
- Ha terminado el castigo. Podéis salir.
Ambos nos miramos sorprendidos y le dimos las gracias en un susurro al pasar por su lado. Casi salimos corriendo por miedo a que se arrepintiera de habernos dejado escapar de su prisión unas horas antes.
Fuimos directamente al comedor para cenar con los demás. Allí estaban todos, desde Delia... hasta Jay, el amigo de Darío, un chico que me llegó a calar tan hondo como nunca pude imaginar.
Fue la primera vez que me enamoré de verdad y, al mismo tiempo, fui correspondida. Días en los que fui feliz de verdad en aquel orfanato, días en los que aquellas huidas furtivas para encontrarnos en las noches se convirtieron en lo más excitante de mi vida. Sólo hasta que un dulce beso me permitió probar el tacto y sabor de su piel, y el aroma que desprendía su cuerpo.
Luego, mi amistad con Darío fue intensificándose, y los celos y las dudas llevaron a pique tal bonita historia.
Ya había pasado un año entero, pero a mí seguía dándome vergüenza mirarlo a los ojos, seguía cortándome si me tocaba compartir mesa con él o hacer alguna tarea juntos. Y me incomodaba la idea de que él sí pudiera tomárselo tan a la ligera. Por eso trataba de evitarlo siempre que podía, exceptuando días como aquel.
- ¿Nos sentamos allí? -preguntó Darío.
- No sé...
- Venga vamos, está Delia también.
No quería acceder, pero cuando vi a doña Victoria entrando por la puerta, mis temores me llevaron hasta la mesa sin pensarlo.
- Hola chicos -sonrió Darío.
- Hola colega -rió Jay antes de mirarme, yo sólo asentí con la cabeza. - ¿Dónde andabas?
- En la habitación de la tortura con Valery. Estábamos castigados -dijo Darío con firmeza después de unos segundos al observar las caras de los demás.
- Ah, vale.
Pero todos sabíamos que aquellas palabras no iban precisamente por el castigo, pues no todas las mentes se atreven a pensar con inocencia ante palabras que puedan ofrecernos algún juego.

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